martes, 6 de diciembre de 2011

Trabajo en la Cárcel de Castro Castro


La Iglesia del Movimiento Misionero Mundial viene realizando una incansable labor de Evangelización en las Cárceles del Perú; labor que gracias a Dios no ha pasado desapercibido por las autoridades y medios de comunicación. El Evangelio de Jesucristo ha transformado miles de vidas, vidas que para la mayoría de la sociedad, no tienen esperanza de cambio, de readaptación o reinserción social, pero Dios rompe todo esquema mostrando a la sociedad que su Poder y Amor no tiene Límites.





Rev. Luis Meza Bocanegra (Tesoro Biblico) - El Principio de la Creación

El Heraldo de la Fe


Siervo del Señor, maestro, periodista, comunicador, escritor y poeta cristiano, Luis M. Ortiz fue el varón escogido por Jesús para difundir su Palabra. Un personaje que recorrió el mundo sin tregua con una misión evangelizadora.
Tenía un carácter reservado,tímido y discreto, pero fue siempre capaz de ser un siervo sacrificado del Señor Jesucristo, invariablemente valeroso. A lo largo de sus casi 78 años de vida, Luis Magin Ortiz Marrero, fundador del Movimiento Misionero Mundial, se convirtió en uno de los más importantes propulsores y difusores de la Palabra de Dios en los tiempos modernos del Cristianismo. Fue capaz de conjugar la prédica precisa con la acción oportuna, de entregar su existencia entera al Todopoderoso, de seguir con firmeza sus principios y de levantar de la nada una Obra que en la actualidad se extiende por todo el mundo.

Nacido el 26 de setiembre de 1918, en la localidad de Corozal, en el norte de Puerto Rico, el reverendo Ortiz entregó la vida en favor de la causa del Altísimo. Apenas a los 10 años de edad, cuando aún residía en la Isla del Encanto, aceptó al Padre Eterno y lo convirtió en su Salvador. Tres años después, iluminado por el Creador, predicó su primer sermón. Luego, al terminar sus estudios secundarios, ingresó a laborar en el diario puertorriqueño El Mundo, donde desarrolló su interés por el periodismo y las comunicaciones. Sin embargo, poco tiempo después dejó todo y se dedicó a estudiar la Palabra de Dios.

Rumbo a República Dominicana
Mientras el pastor Ortiz se instruía en el Instituto Mizpa de San Juan de Puerto Rico, la escuela teológica más antigua del pentecostalismo, su unión al Padre se intensificó. Alguna vez recordó que por esos días Dios ya trataba con él y le marcaba que su destino era ser un “misionero de la fe”. Empero, antes de ello, en 1943, desposó a la hermana Rebecca Hernández Colón y consolidó su vida personal. De inmediato, junto a su esposa, se marchó a la República Dominicana para empezar a darle vida al encargo divino: llevar el mensaje de Dios a todo aquel que ignore la verdad celestial.

Al cabo de un año, el camino que empezó a dibujar el hermano Ortiz en el segundo país más grande del Caribe tomó otro rumbo para hacerse más sólido y glorioso. Así en 1944, tras doce meses de exitosa labor misionera en la República Dominicana, país que por aquel entonces era gobernado a sangre y fuego por el dictador Rafael Trujillo, Dios lo envió a la Isla de Cuba para concretar la expansión del movimiento evangélico en tierras caribeñas. Los frutos no se hicieron esperar. Enseguida, Dios lo bendijo con la construcción de 23 Iglesias y la formación de un cuerpo de obreros de más de 30 hermanos, quienes junto a él trabajaron sin desmayo para la gloria del Señor.

La labor en Cuba
En la Isla de Cuba, a la que sabía que llegaría desde muy joven, el reverendo Ortiz sentó las bases de la evangelización del mundo. Para ello, allí en el archipiélago más conocido del continente americano, recurrió a ingeniosas e innovadoras formas de comunicación para llevar el mensaje cristiano a los paganos. Poco a poco, y guiado por el Espíritu Santo, se transformó en un paladín de la Palabra. Incursionó en la radio, con un programa llamado “Impacto Evangelístico” dedicado por entero a predicar el Evangelio; organizó un sinfín de campañas evangelísticas en carpas ambulantes, fundó un Instituto Bíblico y edificó 60 templos en 16 años de misión evangelizadora.

Hombre bondadoso, humilde, espiritual, santo, firme en sus convicciones y viajero incansable, Ortiz Marrero retornó a Puerto Rico en 1960 por mandato de Dios e intentó, sin éxito, convencer a los superiores de su congregación para iniciar una “Obra Mundial” a favor de Cristo. Mas, con el auspicio del Eterno, estableció la Asociación Misionera y Evangelística Latinoamericana Inc. Institución predecesora del Movimiento Misionero Mundial, y desplegó una labor llena de grandes milagros obrados por el Señor. Además fue en este trayecto que creó, en enero de 1961, la revista que hoy usted tiene entre sus manos: Impacto Evangelístico.

La fundación de la Obra
Sin Iglesia propia, sin medios económicos, sin respaldo de ningún concilio, pero arropado de una fe enorme, al Pastor puertorriqueño le bastaron 3 años para alcanzar el objetivo trazado por el Salvador. Así el 13 de febrero de 1963 fundó en Puerto Rico el Movimiento Misionero Mundial con la visión de brindarle “el mundo para Cristo” y colocó el punto de partida de la Obra. Sobre el tema, alguna vez, confesó: “esta Obra es de Dios y yo no sabía lo que el Señor se proponía. Es con gozo y gratitud que podemos decir que es Dios quien levantó este movimiento, sin nosotros haberlo intentado, ni pensado; con el propósito de devolverle a la obra misionera, y a la evangelización del mundo, el lugar que Cristo le asignó”.

A partir de entonces, desde el empuje y coraje de Ortiz, el nombre de la Obra llegó a millones de personas alrededor del globo terráqueo, se construyeron miles de capillas y templos cristianos, decenas de miles de enfermos fueron sanados, salvados y ungidos del Poder de Dios, se desplegó un trabajo positivo de madurez evangélica, solidez bíblica, estabilidad espiritual, sana doctrina, testimonio limpio y conceptos definidos y transparentes de los valores eternos. Una misión que, con la gracia divina, se mantiene incólume hasta el día de hoy y mira con mucha expectativa el futuro por venir en los tiempos en las que las señales del regreso de Jesús son más evidentes.

Padre de dos hijas, Damaris y Priscila Ortiz Hernández, Luis M. Ortiz Marrero fue continuamente una presencia inspiradora e inculcadora dentro del Movimiento Misionero Mundial en los 25 años que lo presidió y dirigió con acierto y éxito. A lo largo de una carrera que abarcó un cuarto de siglo fue líder, guía, predicador, organizador, testificador, adalid y héroe de la fe. Su presencia activa, que supo llegar a 47 países, sobrevive entre nosotros pese a su partida el 25 de septiembre de 1996, en la víspera de su natalicio número setenta y ocho, cuando Dios lo convocó a su reino y lo alejó de la vida terrenal. El final ideal para una existencia dedicada por completo al Señor.

Un comunicador innato
Luis M. Ortizno sólo fue un gran heraldo de Dios. Se destacó, también, en el mundo secular por sus innegables dotes de gran comunicador social. Periodista serio y mesurado, poeta agudo e ingenioso, con más de doscientas poesías escritas, locutor prolífico y multifacético, creador de los mejores programas radiales cristianos, prosista profundo, claro y comprensible, tuvo en la Palabra su trampolín ideal para escapar al anonimato y llevar sin escalas el mensaje redentor del Rey de Reyes por los cinco continentes.

Sin embargo, más allá de sus innumerables condiciones profesionales, el Rev. Ortiz pasó a la historia de las comunicaciones merced a su quehacer periodístico desplegado a través de las páginas del mensuario “Impacto Evangelístico”. Fue en la publicación oficial del Movimiento Misionero Mundial, encargada de difundir el trabajo evangelístico y misionero, donde su interminable producción se desarrolló sin reservas y permitió que millones de almas desesperadas encontraran el camino a la redención y la vida eterna.

Testimonio: Guillermo Camacho

                                                       “Pasé mi vida buscando a Dios”


Transformado por la Palabra, Guillermo Camacho, un incansable buscador de la evidencia del Señor, dejó las tradiciones religiosas para convertirse al cristianismo en la antesala de ser nombrado clérigo. Un renacer hecho realidad por el poder del Altísimo.
Guillermo Camacho Gallo pertenece a ese grupo especial de hijos de Dios que abandonaron las tradiciones religiosas y recalaron en el cristianismo debido, principalmente, a su indesmayable búsqueda de la verdad del Todopoderoso. Él, que estuvo a punto de recibirse de sacerdote católico, dejó su claustro y encontró, tras un largo tránsito, finalmente a Jesucristo.

Desde pequeño Camacho Gallo tenía muy clara su actitud hacia todo lo que tuviera que ver con el Creador. En su natal Piura, una ciudad ubicada en el extremo norte del Perú, tuvo siempre la idea de que Cristo era el único camino a la salvación, el Salvador de salvadores. Con una niñez sin sobresalto alguno, tropezó a los siete años con la tristeza que irrumpió en su vida y echó abajo su tranquila existencia. Perdió a su madre, víctima de un mortal cáncer, y en un abrir y cerrar de ojos se transformó en un pequeño atrapado en el papel de adulto.

Nacido el 20 de mayo de 1958, Guillermo Camacho recuerda aquellos días y, con el rostro compungido, narra: “mi niñez fue muy linda, gracias a Dios, pero cuando mi madre murió todo cambió. Sin embargo, al inicio no noté tanto  su ausencia. Incluso pensaba que vendría. Claro que con el paso de los días sentí, por primera vez, lo que era la soledad de no tenerla. Lo más dramático fue que mi padre empezó a emborracharse y a tener problemas con mis hermanos. Para mí fue muy dura esa etapa. Eso marcó mi vida y paralizó mi niñez. Dejé de ser niño para ayudar a mi progenitor en la administración de un comercio familiar que teníamos en el centro de Piura”.

Al cabo de un tiempo, con el dolor amenguado y siempre con Jesús como el anhelo más importante de su vida, el hermano Camacho vivió otro momento particular entre la infancia y la adolescencia. Al respecto detalla que: “no sabía lo que era jugar como un niño normal. Jamás supe cómo hacer bailar un trompo. Tampoco supe patear una pelota o correr con libertad. Yo crecí con la responsabilidad de apoyar a mi padre. Cuando veía a los demás niños miraba al cielo y le decía a Dios que quería cambiar todo lo que tenía por ser como ellos. Pero Él me fortaleció e hizo de mí un hijo responsable y obediente”.

Luego de llevar una existencia dedicada al trabajo, el estudio y la religiosidad, decide unirse a Cristo al terminar la escuela secundaria. Fue una decisión que fortaleció su amor por el Omnipotente. “El deseo de servir a Dios era una idea muy fuerte cuando terminé la escuela. Entonces, empecé a frecuentar la Iglesia tradicional. Rezaba, me confesaba y hasta construí un altar con imágenes y santos de todo tipo. Después, conocí a un primo mío que era seminarista y decidí postular para ingresar al clero católico”, recuerda.

Una vez aceptado en el seno del catolicismo, a los 17 años de edad, Guillermo Camacho enfrentó un mundo rígido y severo en el que el Todopoderoso sólo asomaba como una nube lejana y distante. Según recuerda su historia tras ser admitido en la “Orden de la Merced” fue así: “pasé tres meses de prueba y después ingresé al noviciado en el Cusco, en lo que se conoce dentro del ambiente religioso como el año de prueba, y en el que se me apartó de mi familia, del mundo y viví recluido en un claustro.  El único contacto que tenía era con los sacerdotes que tenían a cargo el convento”.

Concluido su “año de prueba”, Camacho Gallo se sumergió aún más en la vida eclesiástica. Rememora que: “ingresé muy ingenuo a la iglesia católica, desconociendo muchas cosas y con el alma transparente. Cuando pasé a Lima, para recibir las clases de filosofía y teología, conocí un mundo muy oscuro. Para mí fue muy duro saber que entre los jóvenes, que se preparaban para ser sacerdotes, era muy normal y habitual tomar alcohol y realizar fiestas. Fue chocante todo eso. Allí conocí el pecado, lo que era el mundo”.

Desbordado por esa oscuridad que conoció al llegar a la capital del Perú, dice que su deseo de buscar al Salvador fue más grande y lo llevó a luchar contra todo aquello que no estaba bien. “Le pedí a Jesús que no dejara que me contaminara con el mal. Yo quería ser un sacerdote ejemplar, quería vivir para Dios, pero no deseaba contaminarme con el pecado. Entendía que el catolicismo necesitaba sacerdotes íntegros, que testificaran con su vida. Así fue que en mis rezos me comprometía con Dios y sus obras. Me inspiré en la vida de San Martín de Porras, Santa Rosa de Lima y la Madre Teresa y viví mi propia pasión”, dice.

De esa manera, entre tentaciones y templanzas, cuenta que pasó “seis largos años” en los que debió soportar todas las pruebas que se le presentaron. El apunta, empapado de lágrimas, que: “nunca quise pecar. Fueron muchas las insinuaciones para escaparme y ver películas en la noche o tomar o para ir a bailar. Pero nunca cedí. Sabía que Dios me miraba. Igual mis compañeros del seminario se burlaban de mí y me señalaban y hasta me aplicaron la ley del silencio. Yo por mi parte en mis ganas de agradar al Creador me privaba de alimentos, llevaba un cinturón de clavos en mi cuerpo y me rasgaba la piel”.

Sin embargo, un día parado en la puerta de entrada de una iglesia católica conoció a un joven llamado Miguel Ángel Camargo y encontró lo que tanto anhelaba: la verdad sobre el Todopoderoso. “Me empezó a hablar de un Dios que estaba vivo, que no conocía y quedé impactado. Me habló de experiencias que nunca había escuchado. Me invitó a su casa y acepté y me fue hablando de Dios. Siempre me visitaba. Yo les hablaba a mis compañeros de él como un joven espiritual, al cual teníamos que imitar, sin saber que era cristiano”, señala.

Después a Camacho le sucedió un sinfín de cosas en su trayecto al camino de Jesús. Se enteró que Camargo era evangélico. Se sintió engañado. Se disgustó y alejó del joven cristiano. Luego, angustiado porque necesitaba a Dios en su vida lo buscó para entregarse al Todopoderoso. Empezó a congregar en un templo evangélico. Aceptó al Señor. Se anotó, de forma clandestina, en cursos dictados por la iglesia protestante. No sabía cómo renunciar al seminario, pero quería irse.

Pidió a Dios que lo ayude a salir y cuando menos esperaba los superiores lo expulsaron acusándolo de tener faltas con las normas. Regresó a Piura, con los sueños rotos, y después de acudir a otras iglesias evangélicas, conoció la Obra de Dios. A los 28 años selló su unión a Jesucristo.

Desde entonces han pasado cinco lustros y Guillermo Camacho tiene todas sus remembranzas muy frescas y acota que: “Jesucristo me llevó a su lado. Fue Él que me sacó del mal camino. Fue Él que me hizo escuchar al Pastor Rodolfo González, en una campaña realizada en mi ciudad en 1986. Fue Él que me liberó de las cadenas a las que estaba atado y enrumbó mi vida. Su gracia infinita le puso fin a la búsqueda. El Creador calmó mi sed y me reveló el gran trabajo del Movimiento Misionero Mundial (MMM) en pro de la evangelización de los  que viven de espaldas a nuestro Señor”.

En la actualidad, este varón de Dios sirve con ahínco dentro del MMM, en su sede de Piura, y no tiene temor de afirmar su “verdad” antes del advenimiento del Creador.

Sin tapujos, y apoyado en una fe inquebrantable, revela que: “ahora trabajo y apoyo a los siervos del Señor porque en esta Obra, que cada día recupera más almas para la gloría del Altísimo, he encontrado la libertad que buscaba desde muy niño. Quiero servir hasta que Dios me llame a su presencia. Sepan los que leen este testimonio, principalmente los impíos y los que no conocen a Cristo, que sólo en Él todo se puede y con Él la salvación es posible”.

¿Qué dice la Biblia acerca de la homosexualidad?


Desde un punto de vista bíblico, el ascenso de la homosexualidad constituye una señal de que la sociedad se encuentra en las últimas etapas de su decadencia.
¿Qué dice la Biblia acerca de la homosexualidad?

“Y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”, Romanos 1:27.

La Biblia dice que es abominación que un hombre se acueste con otro hombre como si fuera una mujer, o que una mujer haga lo mismo con otra como si fuera un hombre (Levítico 18:22; 20:13). La Biblia dice que a causa de abominaciones como la homosexualidad, la tierra vomitará a sus moradores (Levítico 18:25). El apóstol Pablo la llamó «inmundicia», consecuencia de haber sido entregados por Dios a “pasiones vergonzosas” (Romanos 1:24-27).

En el Antiguo Testamento, los responsables de estas prácticas eran expulsados de la congregación de Israel y ejecutados. En el Nuevo Testamento se nos dice que quienes practican la homosexualidad no entrarán al Reino de Dios (1 Corintios 6:9, 10). El apóstol Pablo se refiere a ella como la última expresión de la rebelión contra Dios. Cuando las personas cambian la verdad de Dios por una mentira, y comienzan a adorar a la criatura en lugar de al Creador, son entregados al mal. Cuando todos los valores se invierten, y aparece la anarquía moral, los hombres se encienden “en su lascivia unos con otros”, al igual que las mujeres unas con las otras, pero en sus propios cuerpos recibirán el castigo de sus acciones (Romanos 1:22-27). Desde un punto de vista bíblico, el ascenso de la homosexualidad constituye una señal de que la sociedad se encuentra en las últimas etapas de su decadencia.

“Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”, Romanos 1:22-27.

Adulterio y fornicación


¿Cuál es la diferencia entre adulterio y fornicación? “Oísteis que fue dicho no cometerás adulterio”, Mateo 5:27.

Las relaciones sexuales entre una persona casada y alguien que no es su compañero constituye adulterio.

La Biblia dice: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14). La razón es simple: el matrimonio constituye el fundamento de la sociedad y viene acompañado de la responsabilidad de criar a los hijos. Las relaciones extramatrimoniales fortuitas no sólo ponen en peligro el matrimonio, sino destruyen los sentimientos paternales y maternales por los hijos, y opacan los vínculos familiares.

La fornicación es sexo entre dos personas que no están casadas. El apóstol Pablo dijo que ello constituye un pecado contra el cuerpo. Recomienda a los cristianos huir de la fornicación como un pecado contra Dios y nosotros mismos, porque el cuerpo de los creyentes es el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:18-19). Pablo dice que si un creyente une su cuerpo al de una ramera (o alguien inmoral) está uniendo a Jesucristo con esa persona (1 Corintios 6:15-16).

Es muy importante saber que ni los fornicarios ni los adúlteros entrarán en el Reino de los Cielos (1 Corintios 6:9, 10). En el mundo de hoy, el término fornicación se usa raramente y las inmoralidades entre personas no casadas son comúnmente aceptadas como parte del estilo moderno de vida. Pero la inmoralidad, aunque algo corriente, es un pecado que privará a millones de la salvación, a menos que se arrepientan.