martes, 3 de enero de 2012

Europa, los hijos de un dios menor


Las permanentes amenazas de crisis económica que recorren los países europeos invitan a una necesaria reflexión que permita entender la raíz de los diversos escenarios críticos en Irlanda, Grecia, Francia, España…
Hace unos días,la CNN difundía noticias acerca de países europeos: Un millón y medio de familias españolas no tiene medios de sostenimiento o ingresos, Irlanda en peligro de paralizarse y dependiendo de sus exportaciones, Grecia al borde del quiebre, revueltas sociales en Francia, congelamiento de las pensiones de jubilados en Alemania...

Un par de semanas atrás estuvo en Lima un economista y profesor universitario español, José Luis Delgado, quien cuenta en su nutrido currículum con el hecho de haber sido aún rector de una importante institución universitaria española. Invitado por la Universidad de Lima a ofrecer una conferencia sobre economía y el futuro de la Unión Europea, el doctor Delgado desarrolló durante dos días una perspectiva actual de la situación que atraviesa esa entidad multinacional. Pero si bien desarrolló una perspectiva del status quo, no hizo nada más… no bosquejó alternativas ni cambios. Inclusive, en un momento, medio en broma, pero dejando entrever cuán real era la problemática, se atrevió a decir que en Europa la gente ya no quiere escuchar economistas, prefiere que le presenten horóscopos…

Por otro lado, y sin que se preste mucha atención al significado real de lo que se escucha, las noticias, aún en nuestros medios locales anuncian que en Inglaterra, país con mejores perspectivas que las demás naciones europeas, hay una tendencia a los recortes fiscales, a asignar al Estado un rol más modesto y menos “social”… igualmente Francia está optando por “regalar” menos medidas sociales y alargar la edad de la jubilación… Al parecer, ya no está Europa para jubilar alegremente a personas que vivirán luego por 20 a 30 años de un sistema de pensiones cada vez más magro… causado, entre otros, por el hecho de que las familias tienen cada vez menos hijos. Pero, ¿quién está realmente escuchando y entendiendo a ingleses y a las maldecidas autoridades francesas? ¿No es acaso verdad que el pensamiento que domina en las mentes de economistas y políticos por igual, en casi todo el mundo, es ese de “el Estado tiene que redistribuir mejor”? Y bajo esa consigna, Europa acusa a Estados Unidos de no tener gobiernos suficientemente socialistas, y los países latinoamericanos ni siquiera lo discutimos: El Estado tiene que redistribuir, si no ¿qué se hace con los pobres? Punto.

Protestas en Francia
Y es que Europa, antes cuna del Cristianismo (para bien o para mal, dependiendo de lo que se entendió como “cristianismo”), vertiente de una civilización que dio al mundo las ideas de la dignidad del individuo, continente de las Guerras de Religión, de las ideas libertarias y cuna de los Derechos Humanos, al tiempo que acusa explícitamente -a través de los postulados y publicaciones de la Social Democracia [1], especialmente la alemana- a los Estados Unidos de no cuidar, de socializar lo suficiente, de no “redistribuir” lo suficiente; no puede ahora tapar el sol con un dedo.

La inviabilidad del Estado Social(ista) de Bienestar de algunos países es obvia, y no son pocos los autores quienes hace ya varios años vienen preconizando el oscuro futuro del asistencialismo y el Estado multidisciplinario. Anthony Davies [2], economista y profesor norteamericano, afirmó en el año 2004 del Estado Social y sobre el sistema de salud norteamericano: Dentro de la siguiente generación, el gasto social tal como lo conocemos, cesará de existir. Bajo las reglas actuales, se estima que Medicare no será solvente para el 2020, y la seguridad Social para el 2040. La Seguridad Social representa ya pasivos sin partida por US$ 11 trillones de dólares. Mientras que esta y la futura generación buscan alternativas realmente viables a nuestro actual gasto social, deberíamos considerar las implicancias morales de la manera en que cuidamos de los pobres.

Obviamente se refiere Davies al hecho de que su sociedad, como las sociedades europeas promotoras del Estado de Bienestar, han dejado atrás esquemas morales de responsabilidad e iniciativa privadas, esquemas de una democracia real basada en propiedad y pequeña y mediana empresa, de la importancia de valores, la familia y el matrimonio. Pero esos son temas que hoy por hoy se evitan en los programas de maestría y doctorados en Ciencia Política de la mayoría de las universidades en todo el mundo. Hoy, muchas universidades -y las excepciones son verdaderamente contadas- buscan instruir en programas estatales para hacer frente a la pobreza, mientras que el problema moral fundamental –la razón por las que hay pobreza e injusticia- queda intocado.

Al término de la conferencia en la Universidad de Lima, me acerqué al profesor Delgado para insistir en el tema. El profesor no tuvo mucha paciencia. Me espetó que sin el Estado de Bienestar habría muchos problemas y conflictos sociales en Europa. Pero estos están ya allí aunque los Estados continúan echándose a la espalda toda esa carga social… ¿Ceguera moral o técnica? En realidad, es obvio que la primera lleva a la segunda... En ese momento pensé que efectivamente un agorero podría cumplir un mejor papel en Europa…

El millón y medio de familias españolas sin ingresos y la carga del Estado español ante la crisis social y económica, debería ser suficiente para que el doctor Delgado se pueda dar cuenta de que España, al igual que muchos países europeos, se hizo adoptar, después de 15 siglos de cristianismo, por un dios menor, el paternalista Estado de Bienestar. Los dioses menores de la historia no han sido eternos... ni mucho menos.


El precio de la corrupción


Más de un billón de dólares estadounidenses (US$1.000.000.000.000) se paga cada año en sobornos, según las investigaciones que llevó a cabo el Instituto del Banco Mundial. Esta cifra es una estimación de las coimas pagadas en todo el mundo, tanto en países ricos como en países en desarrollo.
La cifra de un billón de dólares,calculada utilizando datos económicos de los años 2001 y 2002, contrasta con la magnitud estimada de la economía mundial, que en ese entonces se calculaba en algo más de US$30 billones, dice Daniel Kaufmann, director de gobernabilidad del mencionado Banco Mundial, y no incluye la malversación de fondos públicos ni el robo de bienes públicos.

Es sumamente difícil evaluar la magnitud mundial de la malversación de fondos públicos, “pero sí sabemos que en muchos casos se trata de un problema realmente grave”.

Transparencia Internacional estima, por ejemplo, que el antiguo líder indonesio Suharto desfalcó entre US$15.000 millones y US$35.000 millones de su país, mientras que Ferdinand Marcos en Filipinas, Mobutu en Zaire y Abacha en Nigeria pueden haber malversado hasta US$5.000 millones cada uno.

Kaufmann observa que el cálculo de los montos totales de las transacciones corruptas no es más que una parte del costo total de la corrupción, que constituye un obstáculo importante para reducir la pobreza, la desigualdad y la mortalidad infantil en las economías emergentes.

Las investigaciones realizadas por el Instituto indican que los ingresos nacionales de los países que combaten la corrupción y mejoran el imperio de la ley pueden aumentar hasta cuatro veces en el largo plazo y que la mortalidad infantil puede disminuir hasta un 75%.

Contribución al desarrollo
Según Kaufmann, no es sorprendente que combatir la corrupción y mejorar la gobernabilidad puedan dar un impulso importante a un país en desarrollo.

Países como Botswana, Chile, Costa Rica y Eslovenia, que han reducido la corrupción a niveles comparables a los de muchos países industrializados ricos, ponen en tela de juicio la idea muy generalizada de que un país debe hacerse rico para poder combatir la corrupción.

Investigaciones en que se utiliza una amplia base de datos sobre gobernabilidad de 200 países demuestran, de hecho, que al mejorar la gestión de los asuntos públicos, el imperio de la ley y el control de la corrupción, se eleva el ingreso nacional per cápita.

Muchos éxitos a nivel de los proyectos ilustran también lo que es factible, tales como la “libreta de calificaciones” que preparan los ciudadanos en Bangalore (India), cuyo resultado ha sido un aumento en el grado de satisfacción de la ciudadanía con los organismos locales y una disminución de la corrupción; o los estudios de seguimiento del gasto público en Uganda, que permitieron reducir las fugas presupuestarias en las escuelas locales.

Batalla contra la corrupción
Según Kaufmann, se ha avanzado en la lucha contra la corrupción en algunos sentidos, pero todavía queda mucho por hacer. Los problemas más graves aún no están resueltos; para ello se necesitará una enorme voluntad política de parte de los gobiernos nacionales, el sector privado (incluidas las empresas multinacionales) y los organismos internacionales.

Las investigaciones confirman que algunos países han tenido éxito, mientras que otros han fracasado. Se han obtenido buenos resultados en algunos países, ciudades e instituciones. Sin embargo, la preocupante realidad es que por cada logro ejemplar ha habido inacción o deterioro en otros casos.

“No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos”
Deuteronomio 16:19.

Predicador al aire libre


Jorge Whitefield (1714-1770), predicó un promedio de diez veces por semana, durante treinta y cuatro años, la mayoría de las veces bajo el techo construido por Dios: el cielo. Ardía en su alma el deseo de ver a todas las personas liberadas de la esclavitud del pecado.
Más de 100 mil hombres y mujeresrodeaban al predicador hace doscientos años en Cambuslang, Escocia. Las palabras del sermón, vivificadas por el Espíritu Santo, se oían claramente en todas partes. Es difícil hacerse idea del aspecto de la multitud de 10 mil penitentes que respondieron al llamado para aceptar al Salvador. Estos acontecimientos nos sirven como el cumplimiento de las palabras de Jesús: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las Obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre”(Juan 14:12).

Había “como un fuego metido en los huesos” de este predicador. Ardía en él un santo celo de ver a todas las personas liberadas de la esclavitud del pecado. Durante veintiocho días realizó la increíble hazaña de predicar a diez mil personas diariamente. Su voz se podía oír perfectamente a más de un kilómetro de distancia, a pesar de tener una constitución física delgada y de adolecer de un problema pulmonar. Todos los edificios resultaban pequeños para contener esos enormes auditorios, y en los países donde predicó, instalaba su púlpito en los campos, fuera de las ciudades. Whitefield merece el título de príncipe de los predicadores al aire libre, porque predicó un promedio de diez veces por semana, durante un período de treinta y cuatro años, la mayoría de las veces bajo el techo construido por Dios, que es el cielo.

La vida de Jorge Whitefield fue un milagro. Nació en una taberna de bebidas alcohólicas. Antes de cumplir tres años, su padre falleció. Su madre se casó nuevamente, pero a Jorge se le permitió continuar sus estudios en la escuela. En la pensión de su madre hacia la limpieza de los cuartos, lavaba la ropa y vendía bebidas en el bar. Por extraño que parezca, a pesar de no ser aún salvo, Jorge se interesaba grandemente en la lectura de las Escrituras, leyendo la Biblia hasta altas horas de la noche. En la escuela se le conocía como orador. Su elocuencia era natural y espontánea, un don extraordinario de Dios.

Un joven de oración
Se costeó sus propios estudios en Pembroke College, Oxford, sirviendo como mesero en un hotel. Después de estar en algún tiempo en Oxford, se unió al grupo de estudiantes a que pertenecían Juan y Carlos Wesley. Pasó mucho tiempo, como los demás de ese grupo, ayunando y esforzándose, a fin de alcanzar la salvación, sin comprender que “la verdadera religión es la unión del alma con Dios y la formación de Cristo en nosotros”.

Acerca de su salvación escribió poco antes de su muerte: “Sé el lugar donde… Siempre que voy a Oxford me siento impelido a ir primero a ese lugar donde Jesús se me reveló por primera vez y me concedió mi nuevo nacimiento”.

Con la salud quebrantada, probablemente por el exceso de estudio, Jorge volvió a su casa para recuperarla. Resuelto a no caer en el indiferentismo, estableció una clase bíblica para jóvenes como él, que deseaban orar y crecer en la gracia de Dios. Diariamente visitaban a los enfermos y a los pobres y, frecuentemente, a los presos en las cárceles para orar con ellos y prestarles cualquier servicio manual.

Tenía en el corazón un plan que consistía en preparar cien sermones y presentarse para ser destinado al ministerio. Sin embargo, era tanto su celo que cuando apenas había preparado un solo sermón ya la Iglesia insistía en ordenarlo, teniendo apenas 21 años, a pesar de existir un reglamento que prohibía aceptar a una persona menor de 23 años para tal cargo.

El día anterior de su separación para el ministerio lo pasó en ayuno y oración. Acerca de ese hecho, él escribió: “en la tarde me retiré a un lugar alto cerca de la ciudad, donde oré con insistencia durante dos horas pidiendo por mí y también por aquellos que iban a ser separados junto conmigo. El domingo me levanté de madrugada y oré sobre el asunto de la epístola de San Pablo a Timoteo, especialmente sobre el precepto, ninguno tenga en poco tu juventud. Cuando el presbítero me impuso las manos, si mi vil corazón no me engaña, ofrecí todo mi espíritu, alma y cuerpo para el servicio del santuario de Dios…”

El domingo siguiente, predicó por primera vez. Algunos se quejaron de que quince de los oyentes “enloquecieron” al escuchar el sermón. Sin embargo, el presbítero al comprender lo que pasaba, respondió que sería muy bueno que los quince no se olvidasen de su “locura” antes del siguiente domingo.

Whitefield nunca se olvidó ni dejó de aplicar las siguientes palabras del doctor Delaney: “deseo, todas las veces que suba al púlpito, considerar esa oportunidad como la última que se me concede para predicar y la última que la gente va a escuchar”. Alguien describió así una de sus predicaciones: “Casi nunca predicaba sin llorar y sé que sus lágrimas eran sinceras. Lo oí decir: vosotros me censuráis porque lloro. Pero, ¿cómo puedo contenerme, cuando no lloráis por vosotros mismos, a pesar de que vuestras almas inmortales están al borde de la destrucción? No sabéis si estás oyendo el último sermón o no, o jamás tendréis otra oportunidad de llegar a Cristo”.

El Espíritu continuó Obrando poderosamente en él durante el resto de su vida, porque nunca abandonó la costumbre de buscar la presencia de Dios. Dividía el día en tres partes: ocho horas solo con Dios y dedicado al estudio; ocho horas para dormir y tomar sus alimentos y ocho horas para el trabajo entre la gente. De rodillas leía las Escrituras y oraba sobre esa lectura y así recibía luz, vida y poder. Leemos que en una de sus visitas a los Estados Unidos, “pasó la mayor parte del viaje solo, orando”. Alguien escribió sobre él: “Su corazón se llenó tanto de los cielos, que anhelaba tener un lugar donde pudiese agradecer a Dios y completamente solo, durante horas, lloraba conmovido por el amor de su Señor que lo consumía”.

El peregrino errante
Jorge Whitefield predicaba en forma tan vívida que parecía casi sobrenatural. Se cuenta que cierta vez predicando a unos marineros describió un navío perdido en un huracán. Toda la escena fue presentada con tanta realidad que cuando llegó al punto de describir cómo el barco se estaba hundiendo algunos de los marineros saltaron de sus asientos gritando: “¡A los botes! ¡A los botes!”.

Sin embargo, el gran secreto de la gran cosecha de almas salvas no era su maravillosa voz, ni su gran elocuencia. Tampoco se debía a que la gente tuviese el corazón abierto para recibir el Evangelio porque ése era un tiempo de gran decadencia espiritual entre los creyentes.

Tampoco fue porque le faltase oposición. Repetidas veces Whitefield predicó en los campos porque las Iglesias le habían cerrado las puertas. A veces ni los hoteles querían aceptarlo como huésped. En Basingstoke fue agredido a palos. En Staffordshire le tiraron terrones de tierra. En Moorfield destruyeron la mesa que le servía de púlpito y le arrojaron la basura de la feria. En Evesham las autoridades, antes de su sermón, lo amenazaron con prenderlo si predicaba. En Exeter, mientras predicaba ante un auditorio de diez mil personas, fue apedreado de tal modo que llegó a pensar que le había llegado su hora, como el ensangrentado Esteban, de ser llamado inmediatamente a la presencia del Maestro. En otro lugar lo apedrearon nuevamente hasta dejarlo cubierto de sangre. Verdaderamente llevó en el cuerpo, hasta la muerte, las marcas de Jesús.

Whitefield se consideraba un peregrino errante en el mundo, en busca de almas. Nació, se crió, estudió y obtuvo su diploma en Inglaterra. Atravesó el Atlántico trece veces. Visitó Escocia catorce veces. Fue a Gales varias veces. Estuvo una vez en Holanda. Pasó cuatro meses en Portugal. En la Bermudas ganó muchas almas para Cristo, así como en todos los lugares donde trabajó.

Acerca de lo que experimentó en unos de esos viajes a la Colonia de Georgia, Whitefield escribió: “Recibí de lo alto manifestaciones extraordinarias. Al amanecer, al mediodía, al anochecer y a medianoche –de hecho el día entero– el amado Jesús me visitaba para renovar mi corazón. Si ciertos árboles próximos a Stonehouse pudiesen hablar, contarían la dulce comunión que yo y algunas almas amadas gozamos allí con Dios, siempre bendito. A veces, estando de paseo, mi alma hacía tales incursiones por las regiones celestes, que parecía estar lista para abandonar mi cuerpo. Otras veces me sentía tan vencido por la grandeza de la majestad infinita de Dios, que me postraba en tierra y le entregaba mi alma, como un papel en blanco, para que Él escribiese en ella lo que desease. Nunca me olvidaré de una cierta noche de tormenta. Los relámpagos no cesaban de alumbrar el cielo. Yo había predicado a muchas personas y algunas de ellas estaban temerosas de volver a casa. Me sentí guiado a acompañarlas y aprovechar la ocasión para animarlas a prepararse para la venida del Hijo del hombre. ¡Qué inmenso gozo sentí en mi alma! ¡Cuando volvía,  mientras algunos se levantaban de sus camas asustados por los relámpagos que iluminaban los pisos y brillaban de uno al otro lado del cielo, otro hermano y yo nos quedamos en el campo adorando, orando, ensalzando a nuestro Dios y deseando la revelación de Jesús desde los cielos, ¡en una llama de fuego!”

En su biografía hay un gran número de ejemplos como los siguientes: “¡oh, cuántas lágrimas se derramaron en medio de fuertes clamores por el amor del querido Señor Jesús! Algunos desfallecían y cuando recObraban las fuerzas, al escucharme volvían a desfallecer. Otros gritaban como quien siente el ansia de la muerte. Y después de acabar el último  discurso, yo mismo me sentí tan vencido por el amor de Dios, que casi me quedé sin vida. Sin embargo, por fin reviví y después de tomar algún alimento, me sentí lo suficientemente fuerte como para viajar cerca de treinta kilómetros, hasta Nottingham. En el camino alegré mi alma cantando himnos. Llegamos casi a medianoche; después de entregarnos a Dios en oración, nos acostamos y descansamos bajo la protección del querido Señor Jesús. ¡Oh Señor, jamás existió un amor como el tuyo!”.

El poder de la palabra
Luego Whitefield continuó sin descanso: “al día siguiente en Fogs Manor la concurrencia a los cultos fue tan grande como en Nottingham. La gente quedó tan quebrantada que por todos los lados vi personas con el rostro bañado en lágrimas. La Palabra era más cortante que una espada de dos filos y los gritos y gemidos tocaban el corazón más endurecido. Algunos tenían semblantes tan pálidos como la palidez de la muerte; otros se retorcían las manos, llenos de angustia; otros más cayeron de rodillas al suelo, mientras que otros tenían que ser sostenidos por sus amigos para no caer. La mayor parte del público levantaba los ojos a los cielos, clamando y pidiendo misericordia de Dios. Yo, mientras los contemplaba, solamente podía pensar en una cosa, que ése había sido el gran día. Parecían personas despertadas por la última trompeta, saliendo de sus tumbas para comparecer al Juicio Final.

El poder de la Presencia divina nos acompañó hasta Baskinridge, donde los arrepentidos lloraban y los salvos oraban. El indiferentismo de muchos se transformó en asombro y después en gozo. Alcanzó a todas las clases, edades y caracteres. La embriaguez fue abandonada por aquellos que habían estado dominados por ese vicio. Los que habían practicado cualquier acto de injusticia, sintieron remordimientos. Los que habían robado se vieron constreñidos a hacer restitución. Los vengativos pidieron perdón. Los pastores quedaron ligados a su pueblo mediante un vínculo más fuerte de compasión. Se inició el culto doméstico en los hogares. Como resultado, los hombres se interesaron en estudiar la Palabra de Dios y a tener comunión con Dios”.

Pero no fue solamente en los países populosos que la gente afluyó para oírlo. En los Estados Unidos, cuando todavía era un país nuevo, se congregaron grandes multitudes de personas que vivían lejos unos de otros en las florestas. En su diario, el famoso Benjamín Franklin dejó constancia de esas reuniones de la siguiente manera: “El jueves el reverendo Whitefield partió de nuestra ciudad, acompañado de ciento cincuenta personas a caballo, con destino a Chester, donde predicó a una audiencia de siete mil personas, más o menos. El viernes predicó dos veces en Willings Town a casi cinco mil personas. El sábado en Newcastle predicó a cerca de dos mil quinientas personas y, en la tarde del mismo día, en Cristiana Bridge, predicó a casi tres mil personas. El domingo en White Clay Creek predicó dos veces, descansando media hora entre los dos sermones dirigidos a ocho mil personas, de las cuales cerca de tres mil habían venido a caballo. La mayor parte del tiempo llovió; sin embargo, todos los oyentes permanecieron de pie, al aire libre”.

Como Dios extendió su mano para Obrar prodigios por medio de su siervo, se puede ver claramente en lo siguiente: de pie sobre un estrado ante la multitud, después de algunos momentos de oración en silencio, Whitefield anunció de manera solemne el texto, “está establecido para los hombres que mueran una sola vez y después de esto el juicio.” Después de un corto silencio, se oyó un grito de horror proveniente de algún lugar entre la multitud. Unos de los predicadores allí presentes fue hasta el lugar de la ocurrencia para saber lo que había dado origen a ese grito. Cuando volvió, dijo: “hermano Withefield, estamos entre los muertos y los que están muriendo. Un alma inmortal fue llamada a la eternidad. El ángel de la destrucción está pasando sobre el auditorio. Clama en voz alta y no ceses”. Entonces se anunció al público que una de las personas de la multitud había muerto.

No obstante, Whitefield leyó por segunda vez el mismo texto: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez”. Del lado donde la señora de Huntington estaba de pie, vino otro grito agudo. Nuevamente, un estremecimiento de horror pasó por toda la multitud cuando anunciaron que otra persona había muerto. Pero Whitefield, en vez de llenarse de pánico como los demás, suplicó la gracia del Ayudador invisible y comenzó, con elocuencia tremenda, a prevenir de peligro a los impenitentes. Sin embargo, debemos aclarar que no siempre era vehemente o solemne. Nunca otro orador experimentó tantas formas de predicar como él.

El momento del descanso
A pesar de su gran Obra, no se puede acusar a Whitefield de buscar fama o riquezas terrenales. Sentía hambre y sed de la sencillez y sinceridad divinas. No congregó a su alrededor a sus convertidos para formar otra denominación, como algunos esperaban.

La mayor parte de sus viajes a la América del Norte los hizo a favor del orfanatorio que fundó en la Colonia de Georgia. Vivía en la pobreza y se esforzaba para conseguir lo necesario para el orfanatorio. Amaba a los huérfanos con ternura y les escribía cartas, dirigiéndose a cada uno de ellos por su nombre. Para muchos de esos niños él era el único padre y el único medio de sustento. Una gran parte de su Obra evangelizadora la realizó entre los huérfanos, y casi todos ellos permanecieron siempre creyentes fieles y unos cuantos de ellos llegaron a ser ministros del Evangelio.

Whitefield no era de físico robusto; desde su juventud sufrió casi constantemente, anhelando muchas veces partir para estar con Cristo. A la mayoría de los predicadores les es imposible predicar cuando se encuentran enfermos como él.

Fue así, como, a los 65 años de edad, durante su séptimo viaje a la América del Norte, finalizó su carrera en la tierra, una vida escogida con Cristo en Dios y derramada en un sacrificio de amor por los hombres. El día antes de fallecer tuvo que esforzarse para poder permanecer en pie. Sin embargo, al levantarse, en Exeter, ante un auditorio demasiado grande para caber dentro de ningún edificio, el poder de Dios vino sobre él y predicó como de costumbre, durante dos horas. Uno de los que asistieron dijo que “su rostro brillaba como el sol”. El fuego que se encendió en su corazón en el día de oración y ayuno de su separación para el ministerio, ardió hasta adentro de sus huesos y nunca se apagó (Jeremías 20:9).

Cierta vez un hombre eminente le dijo a Whitefield: “no espero que Dios llame pronto al hermano para la morada eterna, pero cuando eso suceda, me regocijaré al oír su testimonio”. El predicador le respondió: “entonces, usted va a sufrir una desilusión, puesto que voy a morir callado. La voluntad de Dios es darme tantas oportunidades para dar testimonio de Él durante mi vida que no me serán dadas otras a la hora de mi muerte”. Y su muerte fue tal como él la predijo.

Después del Sermón que predicó en Exeter, fue a Newburyport para pasar la noche en la casa del pastor. Al subir al dormitorio se dio vuelta en la escalera y con la vela en la mano pronunció un breve mensaje a sus amigos que allí estaban e insistían en que predicase.

A las dos de la mañana se despertó. Le faltaba la respiración y le dijo a su compañero sus últimas palabras que pronunció en la tierra: “me estoy muriendo”. En su entierro, las campanas de las Iglesias de Newburyport doblaron y las banderas quedaron en media asta. Ministros de todas partes asistieron a sus funerales; millares de personas no consiguieron acercarse a la puerta de la Iglesia debido a la inmensa multitud. Cumpliendo su petición, fue enterrado bajo el púlpito de la Iglesia.

Si queremos recoger los mismos frutos de ser salvos a millares de nuestros semejantes, como lo vio Whitefield, debemos seguir su ejemplo de oración y dedicación.

Testimonio de un Ex Terrorista cambiado por el poder de Dios


Presentamos el testimonio del hermano  Santos Salvatierra un ex terrorista que conoció a nuestro Señor Jesucristo dentro de una cárcel de máxima seguridad Castro Castro en San Juan de Lurigancho Lima-Perú.
Santos aprendió desde niño a trabajar recolectando frutas, algodón, pallar, etc. Por la necesidad a veces asistía al basural para buscar que comer. Su padre fue muy violento con ellos. Pese a las circunstancias, podemos ver como la vida de este hombre fue cambiando hasta acabar metido dentro de una cárcel de máxima seguridad, por el delito de terrorismo y cómo nuestro Dios llego a su vida dándole una nueva vida en Cristo Jesús.
 Miren este testimonio que va hacer de mucha edificación para sus vidas. Dios cambia transforma y liberta.


La mezcla de las religiones

La invasión religiosa del Oriente viene a ser el último rasgo distintivo de la época antigua, pues desde Egipto, Persia, Babilonia y Asia Menor se adelantaron los emisarios de las comunidades religiosas orientales, logrando la formación de asociaciones secretas en cuyo seno se practicaban los llamados “misterios”.

De Egipto procedió el culto de Isis y de Osiris (o Serapis); de Persia el de Mitras, muy popular en el ejército; de Asia Menor el de Cibeles y de Atis. Ya hemos notado que la veneración del emperador tuvo su origen en el Oriente, entrando en la esfera del helenismo por medio de Alejandro.
De esta migración de ídolos y “dioses” del Oriente, y la mezcolanza consiguiente, surgió una confusión religiosa y cúltica única en la historia y que merece el nombre de “babilónica”, de Babel, centro de confusión.

Se hallaban dioses del estado al lado de otros de Grecia; los dioses del Oriente traían sus matizadas religiones y misterios que se confundían en grado creciente con los sistemas anteriores hasta formarse por fin un río religioso único, potente y de colores cambiantes.
Religiosamente, el Oriente había vencido al Occidente, pues Roma llegó a venerar toda suerte de divinidades, muchas de ellas grotescas y horribles. La mezcolanza carecía de sentido y dio lugar a mórbidas y vagas fantasías. Todo el mundo mediterráneo se parecía a un caldero gigantesco en el que se vertían multitud de extraños y dañinos ingredientes, originándose un caos religioso oriental-occidental sin precedentes en la historia. Las antiguas religiones habían llegado a la bancarrota, pero su mismo fracaso reveló las providencias del Dios Redentor, quien preparaba los corazones para la recepción de su Salvación.

EQUIVALENCIA DE DIVINIDADES
Como consecuencia de los intercambios mundiales y la mezcla de distintos pueblos desde la época de Alejandro Magno, las naciones llegaron a conocerse mejor y a tomar nota de las creencias y de los actos cúlticos de sus vecinos. Inevitablemente surgió la pregunta: “¿Quién es el verdadero dios? ¿Cuáles adoradores tienen razón?”

Mientras que los Persas afirmaban que Ahura-muzda era el dios principal, los griegos decían igual de Zeus, los romanos de Júpiter, los babilónicos de Marduk y los egipcios de Amón de Tebes. Empezaba a insinuarse otra pregunta: “¿Podría ser que todos los adoradores tuviesen razón? ¿Será posible que los distintos nombres representasen una sola deidad suprema?” En este caso, Ahura-muzda = Zeus = Júpiter = Marduk =Amón, y sucesivamente con las divinidades de otras naciones.

De tales cavilaciones surgió el concepto de la equivalencia de las divinidades nacionales, llegando el proceso a ser muy complicado y complejo, ya que eran tantos los dioses. Al mismo tiempo, la equivalencia y la fusión de las divinidades dieron lugar gradualmente a un aumento de conformidad en las ceremonias cúlticas.

De todo ello brotó la primera tendencia a buscar una armonía religiosa que reemplazara el sistema anterior en el que el dios personificaba la nación. Si un solo dios se hallaba a la cabeza de todos los demás dioses, se vislumbraba la posibilidad de un plan religioso universal. Los hombres pensaban progresivamente en una deidad suprema, común a todos los pueblos, de quien las muchas divinidades no pasaban de ser formas reveladoras o manifestaciones parciales. Así por la época de los primeros emperadores, tomaba forma, por todo el ámbito del mundo gentil, la creencia en un solo Dios. Es cierto que el concepto seguía siendo muy confuso y nebuloso aún, sin salir de las teorías del panteísmo, pero, con todo, era importante que se plasmara la idea, pues esto, a pesar de la confusión reinante, constituía un presentimiento del verdadero “Dios no conocido”, Creador de los cielos y de la tierra, cuyos embajadores se preparaban para anunciar el mensaje de salvación al mundo (Hech. 17:23).

RELIGIONES ESOTÉRICAS ORIENTALES
Un factor aún más importante que la equivalencia de las divinidades fue el del celo misionero de las religiones orientales. Es notable que las nuevas religiones procedieran del Oriente, donde también tuvo su origen el Cristianismo. La gente del mundo grecorromano estaba acostumbrada, pues, a ver a enseñadores religiosos oriundos del Este, estando dispuestos a prestarles oído, de modo que no extrañaría a nadie que el nuevo Evangelio procediera de la misma región.

Además, la mayor parte de las religiones del Oriente tenían en común el concepto de un dios de la naturaleza que moría y volvía a vivir. Habían llegado a tal creencia por deificar los procesos de la naturaleza, notando como las plantas se marchitan y mueren, reanimándose en otra generación al llegar la primavera.

También se fijaban en la aparente puesta y levantamiento del sol, de la luna y las estrellas. Por ejemplo, en Asia Menor se celebraba una fiesta primaveral (Marzo 22-23) en la que la nueva vida de la naturaleza se trasladó al dios de la naturaleza Atis. La fiesta llegó a su colmo al tercer día cuando el sumo sacerdote anunció al pueblo: “¡Atis ha vuelto! ¡Regocijad en su parousia!”

Al perderse el frescor de la primavera dando lugar al verano cuando se agostan las plantas, los sirios lamentaban la muerte de su dios Tamuz-Adonis (Eze. 8:14 y 15). Desde los días 13-16 de noviembre, cuando se menguaban las aguas del Nilo y se sembraban los granos de trigo – como si hubiesen de morir – los egipcios lamentaban la muerte de Osiris, dios del Nilo.

El día 25 de diciembre, fecha aproximada del solsticio de invierno, los persas celebraban el “día de nacimiento” de Mitras, su dios-sol, y hubo fiestas parecidas en Siria con referencia a su Dios Baal. Fiestas semejantes se hacían en honor de divinidades como Dionisio, Orfeo y Jacinto de Grecia, como también frente a Melcart de Tiro y a Sadán de Tarso.

Desde luego, los actos cúlticos que se centraban en la muerte y la resurrección de ciertas divinidades nacionales, tenían un fundamento totalmente distinto del Evangelio de Cristo, basándose en la deificación de la naturaleza y en la manifestación y la desaparición de la vida vegetal, además de las alteraciones de cuerpos celestes.

En el Evangelio todo se basa en una verdadera revelación de Dios en Cristo y sobre los hechos históricos de la Muerte real y la Resurrección histórica del Redentor (1 Cor. 15:13-19). Con todo, estas religiones de la naturaleza ayudaron a preparar el oído de los gentiles para escuchar y comprender el mensaje que se centró en la Muerte de cruz del Salvador, seguida por su gloriosa Resurreción.

Sobre todo, subrayaban la necesidad de la redención, y por eso hallaron eco en el ambiente de pesimismo y de nostalgia que caracterizaba el período de los primeros emperadores, como cosa propia de toda civilización exhausta y decaída. En los misterios de Mitras esta huida del mundo llegó a manifestarse hasta en el suicidio como manifestación del arrepentimiento.

Ese hondo deseo de una redención se despertó en muchas almas de la época precisamente por los efectos de las conquistas mundiales, los intercambios universales, juntamente con la desmoralización consiguiente, que revolucionaron la actitud de muchos frente a la vida- en su sentido práctico- en la antigüedad. En tal hecho, ocurrido entonces, percibimos con toda claridad que Dios preparaba al mundo gentil para la recepción del Evangelio, o, en otras palabras, la plenitud del tiempo había llegado.

Joyas de Cristo


¿Saben ustedes, que cuando se hace una reunión cristiana, una campaña evangelística o un culto al aire libre, quiénes son los primeros que llegan? ¡Los niños!, sí, ellos son los primeros en acercarse, porque los niños son de Cristo, Él es su Salvador y ellos son joyas muy preciosas.
A través de este mensajeel Espíritu Santo se dirige a los padres y nos muestra la realidad de la crisis espiritual y moral en los hogares y las consecuencias terribles y devastadoras que trae sobre los niños y los adolescentes, el mal uso de la televisión y el internet. También nos muestra el acentuado descuido de los padres, quienes son responsables de esta situación. Asimismo, cada línea de este mensaje está impregnado de la voz profunda del Espíritu Santo de Dios: redarguyendo, orientando y enseñando a los padres a usar las armas espirituales que Dios ha provisto para todo aquel que en Él cree y defender, luchar y velar por la moral de sus hijos, por su salud mental y sobre todo por su vida espiritual. Este mensaje nos enseña también a reconocer el gran valor que tienen los niños en el servicio, alabanza y adoración a Dios, la importancia que tienen los niños delante de Dios. Los niños son Joyas de Cristo.
En el Evangelio de Mateo 21:14-16, la Palabra de Dios dice: “Y vinieron a Él en el templo ciegos y cojos, y los sanó. Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo diciendo: ¡Hosanna al hijo de David! Se indignaron, y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dijo: Sí, ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la Alabanza?”

¡Bien lo ha hecho todo!
El ministerio de Jesús, fue un ministerio de señales, de prodigios, de maravillas; dondequiera que Jesús estuvo, Él socorrió a los necesitados: libertó a los endemoniados, sanó a los enfermos, hizo milagros, hizo maravillas. De tal manera que los que le veían y lo escucharon decían: “bien lo hecho todo”, también decían: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”(Juan 7:46);  y éste no habla como los escribas, éste no habla como los sacerdotes y los fariseos, éste habla como quien tiene autoridad (Marcos 1:22). “Bien lo han hecho todo, hace a los mudos hablar y a los sordos oír, los ciegos ver, los paralíticos caminar, los muertos resucitar”, eso era lo que comentaba el pueblo y todo esto sucedía porque el Espíritu del Señor Dios Todopoderoso estaba con Jesús, bien dijo Él: “Hoy se cumplen estas Escrituras  y el Espíritu de Dios está sobre mí, para hacer todas estas maravillas”(Isaías 61, Lucas 4:17-21).
Lo que Él hizo, lo reconocieron los líderes religiosos, pero habían algunos que viendo y oyendo se resistían al mensaje de Cristo y a los tremendos milagros que Él hacía.
Aquí en el capítulo 21 del Evangelio de Mateo, observamos que Jesús entró en el templo; había un solo templo, era el de Jerusalén; en aquel tiempo había más de 400 sinagogas, lugares de reunión, donde los Judíos iban a orar y a leer la Biblia; pero el templo era uno solo y allí estaban los sacerdotes por su orden para ministrar en el templo, aunque Jesús también iba a las sinagogas, pero ahora en este pasaje vemos que Jesús va al templo y los sacerdotes estaban allí, vieron que Jesús sanaba a los enfermos que le traían. Ellos no ignoraban los milagros que Jesús hacía por toda Judea y Galilea; todo lo que ocurría en la tierra de Israel, en el ministerio de Jesús, llegaba a los oídos de los sacerdotes que representaban al pueblo de Dios en ese tiempo, ellos se creían los dueños únicos de la verdad, pero vemos que ellos no entendían.
Tenían la Ley de Dios, tenían las Escrituras, conocían la ley, predicaban las Escrituras; pero no entendían a quién tenían delante de ellos. Bien dijo el Señor que no hay peor ciego que el que tiene ojos y no quiere ver, no hay peor sordo que teniendo oídos y no quiere oír (Mateo 15:13-14). ¡Ese es el peor ciego y el peor sordo!, así estaban estos sacerdotes que tenían las profecías, que tenían las revelaciones del Mesías, que sabían de los milagros y prodigios (Juan 9:40-41), como también muchos de ellos se acercaron a Cristo y le dijeron: “Sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él”(Juan 3:2), “sabemos que tú eres un profeta grande y poderoso, que tú eres grande, porque si no, tú no podrías hacer las cosas que haces”. Vemos entonces que el pueblo lo reconocería, miles de religiones lo reconocían, muchos con miedo y temor iban a Él de noche, así como Nicodemo y otros, que escondidos seguían al Maestro, disfrazados, cubriendo sus rostros para no ser reconocidos, pero querían oír al Maestro, querían comer la Palabra viviente.
Años más tarde la historia se repite con Saulo de Tarso, que perseguía a los cristianos, siendo este un gran religioso, no entendía, era muy fiel a su religión, pero no era fiel a Dios, no entendió hasta que el Señor Jesucristo se le manifestó. ¡Gracias a Dios por su don inefable! Estas manifestaciones sobrenaturales son los que hacen entender a los hombres este camino que muchos no entienden y no pueden comprender.
Retomado el Evangelio de Mateo, capítulo 21, la Biblia dice que en aquel día, fue aclamado en templo por los hombres que estaban allí, pero muy especialmente por los niños.
¿Saben ustedes, que cuando se hace una reunión cristiana, una campaña evangelística o un culto al aire libre, quiénes son los primeros que llegan? ¡Los niños!, sí, ellos son los primeros en acercarse, porque los niños son de Cristo, Él es su Salvador y ellos son joyas muy preciosas.
Podemos observar en Mateo 19:14, que los propios discípulos del Señor altercaban con los padres para que los niños no vinieran y no molestaran al Maestro. Entonces Jesús les dijo:“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino Dios” (Lucas 18:16). ¡Gloria a Dios!

Jesús bendice a los niños
Jesús bendecía a los niños poniendo sus manos sobre ellos (Marcos 10:13,16) porque esto fue establecido en la ley desde mucho tiempo atrás. Jesús nunca bautizó a un niño, ni los apóstoles tampoco lo hicieron, porque el bautismo es para los que se arrepienten, léase Hechos 2:38 y para el que cree, léase Marcos 16:16. Entonces, el bautismo es para las personas “adultas”que pueden “razonar”según las Sagradas Escrituras.
Cuando los niños se mueren se van con Cristo, a los niños no hay que bautizarlos para que sean salvos.
También vemos que Jesús cita una porción de las Escrituras, Salmo 8:2, que dice: “De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza”. Porque los niños son criaturas con una mente sana, no tienen odio, no tienen rencor, no tienen amargura en su corazón. Los niños tienen un corazón dispuesto para amar y para perdonar. Los niños son de Cristo. ¡Alabado sea el Señor!

La alabanza perfecta
La cita central, la Palabra del Señor dice que Jesús también hizo milagros y prodigios en el templo. Los niños lo vieron y lo creyeron, pero los sacerdotes se pusieron molestos y coléricos, rechazaron cuando las personas y los niños aclamaban a Jesús y decían: ¡Hosanna el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna al hijo de David! Al oír esto, los religiosos se molestaron y le dijeron a Jesús: ¿No escuchas lo que te están diciendo estos niños? , ¿no estás oyendo? Estaban encolerizados, estaban molestos, porque Jesús estaba contento de oír a los niños decir: ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! Los sacerdotes estaban muy airados con Jesús, pero el Maestro estaba contento.
No importa que los hipócritas se estén comiendo el hígado, ¡Jesús está contento!, no importa que los mentirosos estén queriendo hacer daño, no importa. ¡El Señor está contento! ¡Aleluya!
Había alabanza, había adoración; lo que no hacían los religiosos hipócritas, líderes. Ellos no alababan, ellos no adoraban, ellos no reconocían al Hijo de Dios, pero los niños le reconocieron y a todo el que lo reconozca y todo aquel que le exalte a Él y lo alabe será amado por Él y por el Padre Celestial (Juan 14:21), y será hecho hijo de Dios.
Y el Señor les recordó a esos maestros de la Biblia lo que dice la Escritura (Salmo 8), acerca de los niños y el Señor les enseñó a los maestros de la Biblia aquello que no recordaban, que la alabanza perfecta sale de los corazones, como los corazones de los niños. El Señor estaba contento porque los niños le estaban alabando y adorando.

La Palabra de Dios en el corazón del niño: ¡Una bomba de poder!
Los niños pueden creer las Escrituras fácilmente porque para ellos es posible por su espíritu dócil, cuando les cita la Biblia y se les dice algo de Dios, los niños lo creen, los niños lo aceptan. Hay personas que no aceptan la Biblia, hay personas que dicen: “yo no creo eso”, pero a un niño le cuenta alguna cosa y ellos enseguida lo aceptan. Y todo el que cree se llena de fe, porque la fe viene por creer, y por supuesto creer lo que la Biblia dice (Romanos 10:17). Por eso cuando a los niños se les presenta  la Palabra de Dios y se les enseña la Biblia, entonces ellos lo creen, por eso el Señor dijo que es necesario instruir a los niños (Proverbios 22:6). “Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes es tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes”(Deuteronomio 11:19). Hay que instruir al niño.
Una congregación que tiene niños instruidos por sus padres, cuando los profesores intenten enseñarles doctrinas erradas, como ha sucedido, entonces los niños han respondido: “¡No, eso no es así, la Biblia dice así!”, y le han citado la Biblia  a sus profesores y compañeritos en la escuela. Esos niños están alabando al Señor, están exaltando la Palabra de Dios y el Señor se agrada de eso. Hay que seguir trabajando con los niños, hay que seguir enseñándoles a los niños, hay que tener carga por los niños y especialmente que los padres enseñen y expliquen a sus hijos.
El Señor quiere que los niños le alaben, que los niños le proclamen en el templo, en las casas, en el colegio.
Hay que tener preocupación por los hijos. Instrúyalos, enséñele La Palabra de Dios por la mañana, a mediodía, en la tarde, en la noche, al acostarse, al levantarse. Enséñele, háblele de lo grande que es Dios, las cosas que Dios ha hecho desde el principio, las cosas que Dios ha hecho a través de la historia. ¡Alabado sea el Señor Dios Todopoderoso!.

Maria, una mujer escogida por Dios para ser madre


La mujer que en su vida tiene la oportunidad de ser madre goza de un gran privilegio. De importancia crucial es, pues, que la mujer sea consciente de que el privilegio y el honor de dar la vida a otro ser humano provienen directamente de Dios.
La Bibliadistingue a muchas mujeres valientes, capacitadas, generosas, humildes, abnegadas y de fe. Entre todas ellas resalta a María. Si bien nosotros no la idolatramos, ni le damos culto, ni adoración, reconocemos que Dios puso los ojos en ella para cumplir el más grandioso de los planes jamás ideados por Él: la redención de la raza humana.
“María dijo: He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra… Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre, y su misericordia es de generación a los que le temen”, Lucas 1:38, 46-50.
Aquella doncella hebrea reunía cualidades hermosas que hicieron que Dios se fijara en ella para llevar a cabo el gran misterio de la encarnación de Jesús. Cualidades resaltantes en María: 1) Su humildad y su disposición para el servicio; 2) su fe y piedad; 3) su capacidad para guardar secretos; 4) y su fidelidad.

1.- María, una mujer humilde
La sociedad actual está caracterizada por el aumento vertiginoso de los embarazos frutos del sexo prematrimonial. Hoy día, el caso de María hubiese sido “uno entre tantos”. Sin embargo, el embarazo de las jóvenes solteras pone abruptamente el punto final a la infancia y a la inocencia, para marcar el inicio de las responsabilidades de una mujer.
María, nunca había conocido varón y, en su tiempo, quedarse embarazada fuera del matrimonio era considerado como un delito digno de muerte, llevando en su seno lo que parecería el fruto de la fornicación, y más al estar desposada con José. No obstante, son hermosas las palabras que pronunció, cuando recibió el mensaje del ángel Gabriel: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”(Lucas 1:38).
Para desempeñar la función de madre, es necesario que la mujer entienda que ella es una sierva del Señor. Sin duda, es triste cuando un hijo es menospreciado, pero también es de lamentar cuando una madre lo idolatra. La madre ha de pedirle al Señor sabiduría, madurez y fortaleza para cumplir lo mejor posible con dicha responsabilidad.
Cuando recibió la noticia de que quedaría embarazada, María le pidió a Dios que todas las cosas se encaminaran según su Palabra. Definitivamente, criar a nuestros hijos bajo la guía divina es la mejor herencia que podemos dejarles.

2.- María, una mujer de fe y de piedad
Confiaba totalmente en Dios, y aceptó el reto de llevar en su seno al Creador. María entendió que ser la madre del Mesías le haría una mujer bienaventurada entre todas las generaciones (Lucas 1:48). Cuando una mujer no ve como una bendición el tener un hijo, será incapaz de cumplir con su deber maternal, siempre verá al niño como un estorbo, como un enemigo que le roba su tiempo y espacio.
En ciertas circunstancias, la rebeldía de los jóvenes se explica por el hecho de que nunca han conocido el calor de una madre. Al haber derrumbado los pilares de la familia, esos niños han tenido una casa y han compartido un mismo techo con sus progenitores, pero nunca fue un hogar para ellos, nunca experimentaron el amor. ¿Sabía usted que se ha probado científicamente que desde el vientre de la madre, el hijo percibe los sentimientos y las emociones?

3.- María, una mujer de confianza
“Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2:51). Ella supo guardar en secreto todo lo que el ángel le había revelado con respecto a Jesús y su misión mesiánica antes de que naciera.
Cuando María y José llevaron a Jesús al templo, para que fuera circuncidado, Simeón le profetizó:“Y una espada traspasará tu misma alma” (Lucas 2:35). María, como madre, sabía lo que pasaría con Jesús y, seguramente, sentía tristeza al pensarlo. Sin embargo, nunca permitió que sus sentimientos maternales interfirieran en el plan de Dios.
En las bodas de Caná fue a Jesús como una madre que ve las capacidades y los talentos de su hijo. María puso toda su confianza en Jesús, sabiendo que era capaz de ayudarla, y que sabría hacer lo correcto. Ella dijo a los siervos que atendían a los comensales de la boda: “Haced todo lo que os dijere”(Juan 2:5).
María le había inculcado principios morales sólidos, y sabía que Él no dañaría nunca su testimonio ni tampoco traería la deshonra a su casa. Es menester entender que los principios y los valores fundamentales de la vida se enseñan principalmente en el hogar, no en la Iglesia ni en la escuela.

4.- María, una mujer fiel
“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena” (Juan 19:25). En medio de tanto dolor y sufrimiento, la madre de Jesús estaba al pie de la cruz. El apóstol Juan no visualizó a María como una mediadora en el plan de la redención, sino que le prestó atención a la entrañable relación filial que existía entre ambos.
Jesús sabía por qué estaba muriendo en la cruz; pero también era consciente de su responsabilidad filial. Dice la Biblia: “Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”(Juan 19:26-27).

Conclusión
Es menester aprender a valorar a las que son nuestras madres. Cristo supo valorar a la suya hasta su partida de esta tierra. El Maestro, una y otra vez, nos ha dejado trazadas sus huellas para que las sigamos. María es una fuente de inspiración para todos nosotros: estuvo al pie de la cruz, cuando todos los amigos y los discípulos de Jesús lo habían abandonado. María fue una mujer valiente, fiel, dispuesta, reservada, llena de fe y de piedad. Imitémosla en esas cualidades tan hermosas.
La mujer que en su vida tiene la oportunidad de ser madre goza de un gran privilegio. Ser madre no significa estar cargando un bulto o un objeto cualquiera en su seno, sino abrigar a un ser viviente, el cual permitirá que perdure la raza humana. De importancia crucial es, pues, que la mujer sea consciente de que el privilegio y el honor de dar la vida a otro ser humano provienen directamente de Dios.
Por desgracia, hay mujeres que no valorizan el don divino de ser madres, y como no lo hacen, el hijo viene a convertirse para ellas en una carga, en algo molestoso, de lo cual pueden disponer a su antojo, y hasta decidir la vida o la muerte sobre él. Para desempeñar la función de madre, es menester que la mujer entienda que ante todas las cosas, ella es una sierva del Señor. Sin duda, es triste cuando un hijo es menospreciado, pero también es de lamentar cuando una madre lo idolatra.